11 de junio de 1982, el oeste de Buenos Aires convulsionado y yo, pretendiendo ir a jugar a la pelota con mis amigos.
Nada de pelota!!! se escuchaba el rezongo materno, hoy vas a la estación que pasa el Papa.
Claro, como toda buena familia descendiente de inmigrantes, católica, y que se precie de ello, alguien debía estar allí, haciendo acto de presencia ante el hecho inusual de ver al sumo sacerdote pasar tan cerca.
Y me tocó a mí. Una especie de delegado familiar para la ocasión, que debía prestar atención y traer cada detalle de la pasada, y relatarlo a la familia ya que el catolicismo no daba para tanto, tanto como para hacer diez cuadras hasta el tren y verlo con ojos propios. Y como el Papa no me iba a preparar las tortas fritas, mal, no discutí mi designación.
Mis 10 años empezaban a torturarme, me preguntaba si en un par de años mas sería distinto, si podría enfrentar a esa autoridad y salir ileso del intento, lo deseaba, deseaba crecer, ser grande y autónomo.
Así fue que la mayoría de mis amigos, al igual que yo, rebeldes y futboleros nos encontramos no se a que hora de esa fría tarde, pero linda, gracias al santo padre, al costado de las vías mientras reservábamos con nuestra insignificante presencia el lugar mas cercano posible a los rieles para poder ver el espectáculo.
La gente emocionada, cantaba canciones que no recuerdo y yo adornado de blanco y amarillo por mi madre, para que el Papa supiese de nuestra presencia.
Viene a paso de hombre gritaba un tipo, y la gente se emocionaba. Juan Pablo – Segundo – Te quiere todo el Mundo!!!! se escuchaba de la hinchada papal.
Y pasaba un tren y la gente movía los pañuelos y las banderas, y no era el tren del Papa.
Yo, que hacia unos meses había pisado por primera vez un estadio de fútbol, en el inolvidable (para mí) 4 a 0 de Boca a Platense en cancha de Vélez, ya había visto a Maradona, había visto a Dios y a sus fanáticos con las banderas azul y oro. Ese yo, yo mismo, era el que estaba vestido de papel crepe en oro y blanco esperando a su hijo pródigo, un tal Juan Pablo en los terraplenes del Sarmiento.
Ese yo, estaba aburrido.
El señor de blanco debía pasar no sé a que hora, por MI barrio, pero de aquella hora pactada ya habían transcurrido un par mas, y aún nada.
La gente cagada de frio seguía firme con sus estampitas y algunos comentaban que estaba por Liniers y que se demoraba en salir porque había ido a saludar a San Cayetano, otros que ya había pasado Ramos y todos coincidían en que venia despacio, saludando y bendiciendo a todo el oeste.
Claro, recién caigo que en el 82 no existían los celulares, que carajo sabían estos tipos? Pero en aquel entonces confiaba, y apostaba por el que mas cerca lo daba, porque me quería ir a la mierda, a jugar a la pelota, sin culpas.
Ya atardecía sobre el oeste, calculo serían las seis de la tarde de aquel invierno, se esfumaba de a poco mi ilusión del picado, pero mas no podía tardar este tipo, al menos algo de dibujitos iba a pescar en el viejo canal siete cuando llegara a casa.
El lugar me importó un carajo recuerdo, y lo abandoné, y nos pusimos a tirarnos piedras entre nosotros, entre los amigos que la fé de nuestros padres nos había convocado en los terraplenes.
Aún retumban los sermones de los anónimos de aquella multitud, que Dios miraba lo que hacíamos, que dejáramos de hacerlo porque el Papa no pasaría y cosas por el estilo.
Pero no sé si por el Papa o por que carajo, hasta nos aburrimos de aquello también.
Y se vió, por fin, a lo lejos la figura del tren. Como un milagro.
Allí se amontonaron todos, gritos, cantos, revoleos de insignias, pañuelos blancos, y yo a los empujones tratando de hacerme un lugar.
El Papa por fin pasaría por Padua, ya estaba cerca de irme a casa.
Yo me había imaginado que el tren de este tipo sería especial, de luxe. Nada que ver, era un tren como los que años mas tarde tomaría para ir a laburar ya que mi sueño de ser piloto de carreras se vio frustrado desde el momento siguiente a planificarlo.
Y se acercaba rápido recuerdo, pero seguro bajará la velocidad al llegar a la estación comentábamos los pibes, mientras con saltos tratábamos de hacer foco con la vista a la altura de las ventanillas del tren que pasaría en unos minutos.
A paso de hombre, todavía recuerdo esa frase.
Pasó la estación, ya estaba ahí, tan cerca que podríamos oler el perfume de ángeles que seguramente traería puesto en sus mejillas. Y pasó nomás!!!
Una ráfaga doblo las banderas mas cercanas a las vías, saltamos justo recuerdo, para poder verlo, recibir su saludo o su bendición, pero el tren pasó más rápido que la gravedad que nos devolvió a la tierra casi sin darnos cuenta.
Y la marcha a paso de hombre? justo un velocista nos vino a tocar?
Nunca he visto el Sarmiento pasar tan rápido como aquella fría tarde por San Antonio, o habrá sido tal la desilusión que hizo perder en mi los criterios de apreciación de la velocidad? No lo sé.
La verdad les confieso que no ví un carajo, ni el bonete de aquel predicador. Como todos los que estábamos allí esa tarde, a pesar de que cada uno describía como iba vestido y que lo había saludado.
Ahí comprendí el significado del pecado “mentir”, que nada es tan absoluto como se nos muestra, que mentir no era maldad y porqué Dios perdonaba a los pecadores, en definitiva estaban hablando de su referente cómo no perdonarlos en ese caso?.
Llegue a casa, copié el discurso oído por la gente mayor y lo relate a la familia que seguía el acto atentamente por la TV, obviamente me quedé sin dibujitos también.
Al menos había en casa dulce de leche para las tortas fritas de la abuela y de recuerdo aún guardo la trenza de papel crepe que lucí ridículamente aquel gélido 11 de junio de 1982, fiel testigo de mi piadosa mentira.-
Hoo.
23/10/08
Un frio 11 de Junio de 1982
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